sábado, 22 de junio de 2019

Amistad imaginada

Por:Leidy Alejandra Otero Orjuela
Temática libre



Los dulces están en el último cajón del armario. Cuando sale de viaje, mamá los
pone ahí sin saber que yo lo sé. Puedo comer uno en las tardes, pero a Maurice no le
dan nada, y creo que puede morirse de hambre. Antes de despedirme, le dije a mamá
que mi nuevo amigo también quería comer uno, pero ella dice que no; que, por ser
imaginado, no tiene un estómago de verdad y no le hace falta nada, incluyendo la
comida. Ella no entiende que las personas invisibles tienen sus propias necesidades.
Como mamá no le daba dulces, él trataba de subir al armario. Yo colocaba una
silla, y encima de la silla una caja, para que se empinara en el tope de ambas, y tratara
de abrir la puerta, pero la chapa nunca cedía. Cuando no sabía qué hacer, contaba hasta
tres: uno, dos, tres; y corría a esconderse en el antejardín, con la esperanza de que yo
encontrara una forma de acceder a los dulces, pero siempre era en vano.
— Debe existir una forma de alcanzar los dulces antes de vuelva mamá —le dije.
— ¿Y si me imaginas mayor? —me preguntó.
— ¿Para qué? —le respondí yo.
— Porque si me haces más grande, voy a tener más fuerza, y podré mover las
puertas; o seré más inteligente, y sabré dónde guardan las llaves con las que
es tan fácil abrirlas.
Yo no sabía que podía imaginármelo distinto. Tenía miedo de hacerlo crecer,
porque los adultos no tienen amigos imaginados, y podía pasar que Maurice
desapareciera, saliera de viaje, o no quisiera dulces, y no volviera a jugar conmigo
porque tiene mucho qué hacer en su trabajo. No se me ocurría cómo decirle que no,
pero como él vive en mi cabeza y ahí es donde pienso las cosas, estoy seguro de que se
dio cuenta.
Como no lo hacía crecer, noté que Maurice había cambiado, ya no miraba al
armario, y tampoco salía a jugar en la tarde. Cuando le pregunté qué le pasaba, me dijo
que tenía un nuevo amigo, un amigo que él había imaginado. Para mí, era imposible
adivinar cómo se veía el nuevo amigo de Maurice. Cuando le pregunté por él, me dijo
que Thomás no era un niño, como nosotros, sino que era un poco mayor, lo suficiente
para imaginar una forma de abrir el armario, pero no tanto como para desaparecerse
cuando descubriera que era el amigo imaginado de un niño invisible.
— ¿Ya te dijo cómo abrir el armario? — Le pregunté.
— Thomas dice que no hace falta —me respondió—. Basta con esconder uno de
los dulces un poco después de que lo recibas, alegando que lo has perdido.
Cuando eso suceda, correrás a esconderte en el antejardín, contarás hasta
tres, y la criada te dará uno nuevo.
Al recibir el dulce de la tarde me sentí extraño. Pensé en el plan de Thomás y salí
al antejardín a esperar por el dulce nuevo. Escondí el dulce y conté hasta tres: uno, dos,
tres. Cuando regresé, vi que Maurice y Thomás trataban de abrir el armario, y les grité:
— ¡Cuando llegue mamá sabremos cuál de los dos es el amigo imaginado!

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