lunes, 10 de junio de 2019

¿Causa de la Muerte?

Por: Julián Esteban Misas Muñoz
Temática libre

Ramiro es un hombre trabajador, viste con elegante traje planchado por su esposa, larga corbata lavada por su esposa, brillantes zapatos, limpiados por su esposa. Hoy es viernes, Ramiro no llegará temprano a casa, debe atender unos asuntos, terminar unos informes para su jefe y asistir a una importante reunión con unos ejecutivos. Llegará unas 6 horas más tarde de lo normal. Hoy es sábado de madrugada, Ramiro llega a casa, pero, desde afuera se escuchan sonidos extraños provenientes del segundo piso, justo de la ventana de su habitación, de la de su esposa. Escucha gritos y golpes; abre la puerta inmediatamente, y temblando del miedo, dejando sudor en cada una de las escalas que pisó para subir, llega a la puerta de su habitación, está entre abierta, hay vómito en la cerradura y el ambiente huele a alcohol. Ramiro observa hacia adentro, en el suelo se encuentran una corbata deshecha, unos zapatos maltrechos. Sube la mirada y hay un hombre gritando a su esposa, golpeándola, con sangre en una mano y vómito en la otra. Ramiro al ver tal escena, queda paralizado, y sin poder razonar con claridad, decide cerrar la puerta de golpe e irse. Hoy es domingo en la mañana, Ramiro vuelve a casa, toca la puerta suavemente, su esposa le abre, está golpeada, con marcas en la cara, moretones en el cuerpo y llorando. Ramiro la abraza, la besa y le dice que nunca la volverá a dejar sola, que todo está y estará bien, que si se vuelve a encontrar a ese hombre, si la vuelve a gritar, a golpear, lo mataría, que no volverá a pasar, y su esposa acepta, sin reclamar, sin razonar con claridad. Todo sigue muy tranquilo después del incidente, hasta quince días después. Hoy es viernes, Ramiro no llegará temprano a casa, llama a su esposa para decirle que debe atender unos asuntos, terminar unos informes, asistir a una reunión y que llegará unas seis horas más tarde. Hoy ya es sábado de madrugada, Ramiro llega a casa, desde la habitación de su esposa se escuchan gritos, golpes. Abre la puerta con torpeza, y sube temblando debido al estado de ebriedad, dejando alcohol en cada una de las escalas que pisó, vomita la cerradura de la puerta al entrar a la habitación, dejándola entre abierta; Ramiro ve a un hombre que grita y golpea a su esposa, es ese hombre. Sin poder razonar con claridad, Ramiro coge un arma que tenía guardada, y dispara al hombre, muriendo Ramiro también.

jueves, 6 de junio de 2019

Ruleta Rusa

Por: J. Padilla (Seudónimo)
Temática libre

Un día un usual cliente se me acercó a la barra y me dijo: “Hombre ¿Quiere
que le confiese algo? Desde que frecuento el bar, usted me gusta”. No supe
que responder ante la espontánea revelación, simplemente asentí con la
cabeza amablemente.

Se acercó mucho más hacia mí, hincando sus codos sobre la barra, para que el
ruido de la música no distorsionara su susurro y me dijo pronunciando
lentamente: “Y si vos no te dejás querer, te morís” así, con una frescura como
el que no miente. Me quedé helado. No pensaba que una amenaza pudiera
salir de una persona tan cordial, que cuando se sentaba en la barra y luego de
unas cuantas copas de ron, se dedicaba a hablar de los veinte años de
matrimonio con su esposa, acompañado de un reiterado monólogo referente a
sus queridos hijos que aún iban a la escuela; el mayor cursaba quinto de
bachillerato y el menor apenas iniciaba su educación primaria. Se le sentía muy
orgulloso de ellos cuando me lo contaba.

Pero ese día era otra persona, se sentía decidido. “¡Ahh! ¿No responde?” me
preguntó en tono amenazante. Yo aún tragaba en seco. “Perfecto” dijo
indignado. “Has elegido. No te diré cuándo, ni dónde. Simplemente, sucederá”
dicho estas palabras el hombre se marchó rebotando entre las paredes de las
escalas que lo llevaban a la salida.

“Está borracho” pensé. Pero sin embargo, ese día me vi obligado a disparar el
arma cargada con una bala. Cada día que pasaba era semejante a tirar del
gatillo.

Mayo 31. 2019

Retorno de la victoria


Por:Juan Felipe Zuluaga Malagón
Temática libre

Se veía lejos de mí. En una montaña, surcada por arroyos y un estrecho camino empedrado, estaba mi casa. Yo caminaba con mi sombrero y mis chatarreras como un combatiente vencido. Había ganado mi bando, pero yo perdía. A mi pierna izquierda ya no le correspondía una derecha. Tenía el rostro curtido y atravesado de arrugas precoces. Las enfermedades tropicales propias de la manigua ardiente también me acompañaban. Me sentía sucio de gloria, de gloria ajena. Cuando salí de este lugar quería “salir adelante”. Ahora volvía como un “héroe”, pero esto no era más que un engaño para mí. Una mesada no repondría la socavación de mi espíritu. El aire de la mañana estaba fresco. Los cafetales estaban descuidados o sencillamente desaparecidos. En cambio, el plátano proliferaba en extensiones kilométricas sobre el tendido irregular de la montaña. La guerra también pasó por aquí, pero de otra forma. Las fincas lucían abandonadas y unas pocas reformadas; parecían pequeñas fábricas de ciudad. Los animales, no obstante, seguían ahí, pues reconocí el ruido inequívoco de todo un mundo campestre que dormitaba y moría y vivía en un mismo momento. Rechacé el ofrecimiento de transportarme hasta donde pudiera el jeep del destacamento; me valía de una muleta. Por fin vi la casa, desvencijada pero menos derruida de lo que debería al ser casi centenaria; abierta, como siempre. Al entrar, sentí la presencia de los recuerdos. Los olores y las formas luminosas, y las sombras de los objetos y la memoria, iban asimilándose en mi mente caprichosamente. El café de los marcos de las puertas y el olor del tinto recién hecho me golpearon al atravesar el umbral. Mi madre estaba en la cocina. También mi hermano, quien llevaba el uniforme del bando vencido. Había sido mi enemigo durante años de esta desgraciada guerra y ahora volvía al mismo lugar en el que nacimos y nos criamos. Me miró con cansancio, tal vez como un reflejo del semblante que traía conmigo. El abrazo de mi madre me reconfortó.  Me acerqué a mi hermano y le dije, tras un silencio medido por la importancia que merecía cada palabra en ese momento que, por fortuna, la guerra no había sido tan desastrosa como para habernos liquidado a los dos; nos había destruido a ambos en algún sentido. Lo abracé y dejé caer las lágrimas que no había podido destilar en estos diez años de formación en el odio y la muerte.

miércoles, 5 de junio de 2019

Paraíso

Por: Carolina Saldarriaga Taborda
Temática libre


El hedor, conocido y agradable a su olfato, lo despertó. Florentino se levantó suavemente dada la confusión que lo embriagaba, todavía adormilado inspeccionó con timidez su alrededor; recordaba haberse quedado dormido sobre una fina y delicada capa de basura en el centro de la ciudad ¡Sí, sí!, tenía bien presente en su memoria el calor horrorizarte del asfalto al mediodía, los edificios mugrientos, las calles atestadas y los rostros malhumorados e indiferentes de la urbe. Ahora, por el contrario, la alfombra sobre la que se había recostado para tomar su habitual siesta tras el banquete del almuerzo, que tan generosamente ella le proporcionaba siempre, parecía extenderse hasta la inmensidad.
—No hay duda, se dijo, y exclamó sonriente y complacido: ¡he muerto y se me ha dado el paraíso! Florentino se tendió una vez más sobre la basura y volvió a dormir encima de su amada colcha de humanos desperdicios.
Entre tanto, en la ciudad, los rumores que se difunden a prisa empezaban a suscitar entre vecinos del sector, mirones accidentales y curiosos que escuchaban de paso, la duda por la suerte del mendigo que, tras negarse a despertar, había sido remolcado por el camión de la basura.

martes, 4 de junio de 2019

Petricor para dos


Por: Mateo Rincón
Temática libre

Las yemas de los dedos me arden. Revisándolas con cierto grado de fastidio, noto la formación de lo que eventualmente serán cayos sobre las marcas rojas que dejaron las cuerdas. Soplando suavemente para pensar que el ardor va a disminuir, cargo a Ámbar entre mis hombros. Es hora de ir a casa.

Ligeros golpes húmedos en el pavimento me llaman la atención antes de que se acabe el techo del bar donde estábamos tocando. El sonido arrullador viene acompañado por una brisa fresca que me sienta bien después de estar frente al calor que sólo puede ser producido por demasiadas personas en muy poco espacio. Abro el paraguas al salir por completo del local, momento en el cual el sonido de las gotas se apaga para este pequeño espacio del mundo que ocupo.

A medida que voy caminando por las calles bañadas con agua y luz blanca, trato de respirar lo más profundamente posible, aprovechando este aire cargado de serenidad para poder olvidarme de todo lo que me ocupa y pesa. En ese sentido, Ámbar es la que más me ayuda. Cada vez que toco, ella canta, y su canto hace que las montañas de preocupaciones, dudas, inseguridades e incertidumbres que peligren con caerse sean esparcidas como hojas en una ventisca.

Mis pasos ya tienen ese sonido que hace un par de zapatos mojados al estar en uso y el paraguas está silencioso. Caigo en la cuenta de esto cuando llego, como siempre parezco hacerlo sin pensar, a una plaza apartada de las vías donde no hay postes de luz, pero nunca una que esté oscura. La ciudad, viva a estas horas de la noche, y la luna que se asoma tímidamente al otro lado del cielo me dan toda la luz que pueda necesitar.

Cierro el paraguas y bajo a Ámbar de mis hombros, teniendo cuidado al sacarla de su estuche. Me siento en un banco desde donde se ve la otra orilla de la ciudad con ella en mi muslo derecho. El ardor de mis dedos es poca cosa comparada con la compañía de Ámbar, y, como si el mundo se hubiera detenido a escuchar en el momento que ese rayo de luna que nos envolvió, empezamos a tocar y cantar, la noche siendo nuestro coro y la plaza nuestro escenario.  

Rizos color caramelo


Por: Luis Eduardo Gallego GarcÍa 
Tematica libre


Nos unió un golpe de suerte; uno de esos golpes que no duelen.
¡Pero qué digo!, no nos unimos siquiera, sólo nos encontramos en el planeta.
Me vio con mi alma de poeta y yo a ella, sin nada que no perteneciera a su belleza.
Su ropa eran las olas del mar que era su cuerpo.
Sus labios, sus ojos, sus rizos color caramelo.

Ayer y hoy encajan en cuanto no los baña mañana.
Y mañana nunca viene, está muy ocupado siendo planeado.
Por el pedacito de cielo que le regaló a este exiliado.
Por los dioses, por el hombre, por las cosas que se rompen.
De ayer y hoy me queda ella más que todo.
No es que sólo tenga ojos para ella, es que para mí no existe otra con sus ojos.

Cientos o miles, las línea de la sagrada Biblia.
Pero ni una sola describe lo que nos divide.
No sé si por ella sienta amor.
Sólo sé que la adoro como hasta el sol.
Por como me mira, como si no me fuera a ver en la vida.
Pero le aseguro que en el mundo sólo cabrá nuestro idilio.

Tic. Toc; tic, toc; la aceleración.
Siento que se me va a salir del pecho el corazón.
Creo que le sonreí y me quedé viendo su cabello.
Estaba distraído con el paro cardíaco.
Quiero desvestirla; ver su piel color vainilla.
¿Cómo serán sus curvas, sus pezones, su vagina?

Le agradezco al cielo por hacerla; arriba, en lo oscuro, en las tinieblas.
Con agujeros negros y soles que se llevaron a una galaxia vacía.
Haciendo que los opuestos colisionaran, produjeron a mi diosa coronada.
Y le hicieron un corazón con arena de mar y con plantas.
Cogieron todos los animales como en el arca y se los pusieron en su mirada.
Y le incendiaron sus rizos color caramelo en un volcán con lava.


Luis Eduardo Gallego García.


A una niña que veo a veces.

NOSTALGIA DE UN FUTURO


Por: Valentina Álvarez Gómez
Temática libre

Era extraño para Lucía recordar. Ella no recordaba el pasado, ella miraba al futuro como si fuera un recuerdo, como un Deja Vu que no dejaba de repetirse constantemente.
Su vida era una sucesión de recuerdos, que al vivirlos desaparecían en el espacio y el tiempo.
Lucía no era feliz. Sus recuerdos, sus memorias, sus sentimientos se deslizaban entre sus dedos mientras ella se aferraba a la nada misma, porque una vez que sucedían solo dejaban un vacío en el interior de la joven chica.
Lucía se sentía atrapada dentro de un espejo en el cuál vislumbraba una vida que deseaba vivir.
Anheló, hasta que solo quedó el vacío. La nada absoluta absorbió a Lucía. Ya no existía un futuro.
El vacío se fue llenando de lágrimas, casi inexistentes, que brotaban de los ojos perdidos de un alma desconsolada.
Lucía sintió que el calor de su dolor la iba rodeando y la levantaba del piso, hasta que decidió que no valía la pena flotar.
Lucía se hundió hasta lo más profundo y se dejó morir.
¿Eran los recuerdos de Lucía su futuro? ¿Era su pasado la nada misma?
Algo la haló, la empezó a arrastrar hacía la superficie. Pero Lucía no tenía energía para luchar, tampoco para vivir, sólo se dejó arrastrar de nuevo hacía el sufrimiento de la realidad.
Abrió los ojos y se encontró ante los ojos asustados de una niña, una niña que no paraba de llorar. Una niña que lloraba por ella.
Se incorporó y miró a su alrededor. Donde un montón de niños lloraban y poco a poco morían.
Recogió a la niña en sus brazos y la consoló. Le sonrió entre lagrimas y le aseguró que todo estaría bien y salió con ella de ese espantoso lugar.

Ese día al despertar, Lucía volvió a sentirse viva. Lucía volvió a sentir.
Había recuperado el pasado que tanto le costaba recordar.

GANADORES

VII Concurso de Cuento Corto U.N. en la Web Puesto y categoría Cuento Autor Primer puesto: temática libre Reencarnación...